Dormí en el antiguo apartamento de mis amigos durante un par de días y noté estos bultos extraños…

El primer bulto no me asustó. El patrón sí. Para la segunda noche, mi piel parecía un mapa de advertencia, pequeñas señales que indicaban algo malo que aún no podía ver.

Aparecieron racimos donde mi cuerpo tocaba el colchón. Cada picazón era silenciosa pero persistente, como una alarma que posponía en lugar de contestar.

Nada más había cambiado: el mismo jabón, la misma comida, la misma rutina. Solo el espacio era diferente, y esa constatación agravó la incomodidad.

Los apartamentos viejos guardan secretos. Las chinches se esconden en las costuras, las pulgas en las alfombras, los ácaros en las almohadas, el moho en las paredes y los residuos químicos en las telas. Tú no los ves, pero tu piel sí.

Algunos bultos desaparecieron rápidamente; otros palpitaban al rascarme. Despierto, me pregunté qué compartía realmente la habitación conmigo, y si mi cuerpo lo había notado antes que mi mente.

Empecé a prestar atención. Revisé los bordes de los colchones y los cabeceros, lavé todo lo que tenía y me duché como si me estuviera enjuagando la piel.

La irritación finalmente desapareció, pero la lección perduró. La piel reacciona por una razón, y la incomodidad suele ser información, no casualidad.

Los espacios desconocidos cargan con historias invisibles. Cuando tu cuerpo empieza a hablar con ronchas y grumos, puede que te esté advirtiendo que un lugar no es tan inofensivo como parece.

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